martes, 18 de agosto de 2009

Amigos, sigo acá

www.escombrosdeplumas.blogspot.com


Y preparate porque faltan sólo 19 días para una revolución escombrosa y verdadera.

jueves, 6 de agosto de 2009

¡Chau!

Hola, amigos de por acá.

Mujer Que Dice La verdad llegó a su fin, como cada etapa que hay que saber concluir, como cada cosa que hay que aprender a soltar para poder seguir transformándonos. Trascendiéndonos.

Este espacio se movió. Y hoy está convertido en un lugar de descarga de profundidades de las que me quiero elevar. Tal vez me abra otro blog, tal vez no. Tal vez quiera pasar menos tiempo delante de la computadora y simplemente agarre mi bicicleta y pedalee hasta el río mucho más. O, tal vez, me decida por escribir de modo menos coyuntura y elemental.

Por otro lado, es hora de que les confiese que nunca me sentí del todo cómoda con esto de autodefinirme Mujer en mayúsculas y que encima dice la Verdad. Soy Marina, qué va.

Les dejo la última frase que tenía guardada en borrador: no permitas que tus debilidades transformen a tus convicciones; habrás caido en la peor de las batallas: la que te enfrenta con vos mismo.

Esto fue todo. Mucho gusto. Gracias y voalá.

martes, 4 de agosto de 2009

Escribir



Cuando el mundo me escupe en la cara, todavía puedo escribir;
Cuando no hay oídos que quieran soportar, todavía puedo escribir;
Cuando busco pensar para superar al pensamiento engendro,
puedo escribir;
Cuando no sé leer, cuando me falta el aire, todavía puedo escribir.
Cuando algo se va, me queda escribir.
Me queda escribir, y escribir para alcanzar, y escribir para sacar, y escribir para que todo lo que devora mi piedad se vuelva letra que observar. Y desde ahí, todo es un poco más liviano.
Le agradezco a la vida su generosidad, que me da existencia que escribir.

lunes, 3 de agosto de 2009

Toca para mí


Me despertó un sonido casi imperceptible. Estoy viva, pensé, mientras estiraba mis brazos por detrás de las orejas y abría la boca para liberarme del aliento que se había reproducido durante la noche. Otra vez había tenido pesadillas y mi cuerpo tenía la sequedad pegajosa que queda como consecuencia del sudor evaporado. Saqué una pierna por fuera del acolchado y encendí el velador. El reloj indicaba que eran las siete de la mañana. Son las seis, pensé, fruncí el cejo, tengo que cambiar la estrategia de adelantar las agujas por otra que sea más inteligente que yo. Ahora me siento muerta, susurré, son las seis, ni siquiera amaneció. Me senté al borde de la cama, tapé mi bombacha con la almohada y la apreté contra mí. Los ojos me pesaban más que otras mañanas, lo cual era lógico: había pasado la noche envuelta en dibujos mentales tenebrosos. Un baño, un té, un día que amanece y cae, para volver. Conté hasta tres, me humedecí los labios con la lengua empastada, apoyé el pie derecho en el piso y me paré de un salto. Fui hasta el espejo, me detuve frente a mi imagen y me saludé. Buen día, todo parece indicar que otra vez vas a ser testigo de la revolución de un día. Repetí el simulacro. Las palabras mezclaron su virtuoso positivismo con el exultante pesimismo real, e intenté girar para encarar el camino hacia el baño. Pero no pude. No puedo, pensé. No puedo, dije en voz alta y cuando hablé, noté que entre mi voz corría una música, lejana, la misma que había escuchado al despertar y que en ese momento se percibía más clara. Qué es. Intenté mover los pies una vez más, y otra vez fallé. Insistí, pero no hubo caso, estaba dura, con las rodillas rectas y los talones pegados al piso; encerrada viva en mis sentidos, imposibilitada. Pero en lugar de volcarme a la desesperación, cerré los ojos, escuché y sonreí: hay alguien que toca par a mí. Y eso, ahora, es suficiente.

jueves, 30 de julio de 2009

Fuck


De reptente, la gente me empezó a sobrar. De simple, de clara, me pongo transparente. La culpa me ahogó esta idea durante muchos días, meses, incluso años, pero hoy, que la escribo, mirá: la gente me sobra, la gente me sobra, la gente me sobra, es como si una roca del 1800 antes de cristo se me quitara de la boca del estómago. Los vínculos me estorban, las demandas ajenas me parecen egoísmos proyectados, señales de moralinas que se me caen encima como si en verdad alguien pudiera reivindicar el buen vivir, como si existiese un obrar indicado. No comulgo. Pero la responsabilidad es mía, eh, lo sé, debería cerrar más la boca y sepultar al atrevido que se auto declama consejero, mandarlo al centro de su cerebro y preguntarle si sabe llegar. Y que me deje con mi tiempo que es mío y quiénes se creen que son los demás para agarrarme de las agujas como si fueran pestañas pendencieras; es mi tiempo, el mismo que me sobra a veces, sobre el que pienso cómo usar mientras lo uso; son mis ganas, mis no ganas y mi decidida realidad encontrada. Es, en definitiva, mi vida y no tengo ninguna gana de que me la vengan a tazar. Soy peor de lo que creí. Mucho más fría y cruel de lo que les vendí y me compré. Quiero a muchos menos de los que digo querer. Me importan tres carajos mil cosas que se supone debería valorar. No pienso ni en crecimientos profesionales, ni en vestir bien, ni en ser adulta, responsable ni en comprarme una casa. Sólo busco ser todo lo libre que pueda, andar en bicicleta y ver el mar la mayor cantidad de veces al año posible. Que se agrande el mundo universal, y se achique el personal. Eso quiero. ¿Te molesta? Resolvelo.

sábado, 25 de julio de 2009

Sino eterna: infinita


Existe algún espacio, en algún tiempo, al que nos aventuramos para no regresar nunca más. Aunque queramos, aunque la idea de cambio se nos revele como un flagelo insostenible. Lo hacemos, sin más vuelta que atender a un pensamiento recurrente, inexplicable a priori, eso sí, pero picante hasta el ajo de las lágrimas. No sabemos bien qué es ni porqué elegimos estirarnos hasta ahí, pero lo hacemos igual, llegamos, motivados por una mezcla de ímpetu malentendido y tiranía de las decisiones entrañables. O entrañadas. Es igual. Y andamos. Empezamos a entender que nuestro ego es lo más descartable que tenemos, que el amor propio nos quita la posibilidad de concebir la entrega o cualquier otro pretérito imperfecto. Lo imperfecto cobra sentido y el snobismo da ganas de vomitar. Algunos lo atraviesan con un escape digno de dobles de riesgo. Otros llegan hasta el final de esa sabiduría que creían haber adquirido, lloran por su estupidez, se hunden en el poso de su piel que, descubren –valentía para velar- puede ser más oscura que las sombras de un eclipse y aplastan el cordón con fuerza, por bronca, qué bronca que da volver a empezar. Pero no hay opción. El cuerpo lo pide, o morirá. Y llega el cambio. Mi cambio –le dije- consiste ahora en dejar de mirarte en relación a mí para pasar a comprenderte en relación al universo, cualquiera sea que hayas creado para vos. Quiero ver tus libertades, tallarte los besos, puedo entregártelos. En cuanto a mí, no quiero más yo, me dedicaré a buscar vida para estrecharle la mano y contarle que estoy igual que ella: aquí, ahora, contemplando los signos que nos vuelven infinitos.

viernes, 17 de julio de 2009

Nostalgia


"A uno le da la tontería de añorar niñeces, no me convencen esas nostalgias reaccionarias: pretender no seguir creciendo, eso es la nostalgia"

Andrés Caicedo, Que viva la música.

Estoy de acuerdo con Caicedo en su definición de la nostalgia, pero no por eso puedo librarme de mi estupidez.

lunes, 13 de julio de 2009

Soy Bucay


Me pasó la sal y entendí. La miré a los ojos, sonreí liviana y le expliqué que la quería porque era capaz de pasarme la sal; porque su sal, en su casa, era así. Y me das esa sal, incluso antes de usarla, para que yo haga de mi plato algo más sabroso. Estaba claro que iba a reírse, casi asustada. Pero no me importó, le sugerí que tomara la idea como una metáfora y que supiera que yo acababa de entender que el mundo estaba dividido de muchas maneras y que entre esas partes están de un lado los que prestan su sal fresca y, del otro, aquellos que antes de brindarla, la humedecen y uno tiene que andar golpeando el salero para conseguir algún gramo. Y a veces ni siquiera así. Ni siquiera así.

miércoles, 8 de julio de 2009

Mujer Que Dice La Verdad


Sabés, el problema es todo lo que queda adentro. No lo que salió, no lo que se dijo. Lo más doloroso es la palabra cruzada como hueso en la garganta, que no decora, raspa, que se vuelve de a ratos espina esponjosa que chupa el jugo y ni llorar podés. Es desesperación, desconsuelo, no entender. Desamor, oí decir. Y yo no sé. Es más un trueno angular del por qué. Del por qué así.

Cómo fue que no pudimos. Que no encontramos el stop si al final, se trataba de hablar, de decirlo todo, de las mil posibilidades. Decir antes de enojar. Yo podría haber entendido si me lo hubieras querido explicar, si hubieras dicho con tu gesto de siempre, si me dejabas reconocerte, si no te ibas, y tan frío que andabas. Pero ladraste fuerte, como perro, y yo me asusté primero, y después te quise atacar. O ¿a quién pensaste que ibas a morder así? Y ahora no estás y ya no estoy y cada uno de mis recuerdos me pisa el talón, me aplasta al piso. Y no puedo dejar de preguntarme por qué. Qué angustia.

¿Tantos deseos convertidos en tan poco? Tan poco, escribo en cuadernos, en escritorios, en la piel. Y me pregunto qué se hace con las ganas de girar en el mundo, de dormir juntos, de respirar amaneceres y cocinar cada día mejor, para vos; dónde guardo el desconsuelo, dónde arrojo el corazón, qué queda de este, mi cuerpo, que ni bautizado parece.

Cuánto falta para desear a otro, para no esperar más. Si no tenés que esperar nada de mí, me dijiste. Y yo, tan estúpida queriéndote en mi vida, cómo se me ocurrió.

Pero aguanté, aguanté el rechazo de un abrazo, tu boca de hiel, tus palabras que no salían y todo porque no te quería perder. Es que no podía soportar la idea de abandonar tu cama del color de la piel y te esperé, ya pasará, imaginé, mientras los días no decían lo mismo, ni tus abrazos ni tus sentencias ni tu querer.

Y lo demás, no es nada. Entre el todo y la nada hay un segundo. Admitir. Un beso que ya no es mío, un abrazo no correspondido, un buscarte en la cama y vos de espaldas a mí, con tu piel de siempre, tan distinta a la que amé. ¿Hasta cuándo se pueden cerrar los ojos sólo por permanecer?

Y lloro todo. Lloro sola. Lloro tu pena y sí te quise, siempre, como nunca, bien deberías bancarte esa verdad y unas cuantas más que esta mujer que quiso ser tuya –como si fuera posible, qué angustia- puede gritarte pero no callar. Como yo me banco ahora el no haber podido, el sentirme chiquita, austera y libre como el pingüino que es ave y no sabe volar, pero que, al menos, de pie escupe sus miserias y quiere entender para dejar de abrazar.

Por lo demás. Feliz aniversario y felices los recuerdos que viven en mí, como la historia de amor más hermosa que jamás supe vivir. Supongo que es así, que lo fantástico se termina y que después sólo queda caminar y caminar para conformarnos con lo que sea que vaya a llegar.

viernes, 3 de julio de 2009

La chica sin tabú

Estaba escuchando esto y me emocioné. Así que lo comparto. No sé cómo se sube música, por eso va la letra. Los invito a escuchar a Fito.

Ey, qué te pasa, Buenos Aires. Es con vos
No es la tecno ni el rock
Es tu parte que vos no conocés
Cuidado, la conozco yo....
Sabés que va a ser lo mejor
Cuando estés así, sacate el diablo de tu corazón
Hace un tiempo en esta misma ciudad
Allá en los comienzos de los años 80
El mundo aún se podía mover
Estaban altas las defensas, no se comía tanta mierda
Bs. As. hoy te falta mambo, te sobra muerte y pasarela
No me pidas que me porte cool
No me metas tensión
Te hacés la chica sin tabúes
Pero sufrís baja presión
Sabés que va a ser lo mejor
Aprendé de mí, que soy un chico pobre de allá, del interior...
Juguemos nena, peleemos nena y bancátelo
Bs. As., sí, sacate el diablo de tu corazón
Porque aquí y en todas partes hay...
Pibes en el balcón, también hay pibes en un cajón
Y hay mucha rabia suelta y angustia nena
Y hay mucha, mucha desesperación
Laputamadrequelosremilparió
Por qué nos cuesta tanto el amor
Yo quiero ver tu risa y besar tu boca
Y sacarte el diablo de tu corazón. De tu corazón
Sacarte el Diablo de tu corazón. Arrancarte el diablo...
No te asustes bs.as., no te asustes amor
Las cosas tienen que estar bien
Ya no se puede estar peor
Las cosas van a estar mejor
Vas a ser feliz, sacate el diablo de tu corazón
Bs.As. Sí, cortá la mufa de tu corazón
Bs. As. Sí, vayamos juntos a patear el sol
Sacate el diablo de tu corazón. Sacate el diablo de tu corazón.

viernes, 26 de junio de 2009

Los amigos que siguen igual

Parece que pasan dos cosas. Todo el tiempo. Como ese shampoo que limpia y suaviza, el dos en uno, como el ángel y el demonio, como el cielo y el infierno, que es casi lo mismo, bueno, como River, Boca, asado, vacío, sopa crema o caldito desgrasado. Hablo de la dualidad. Del quiero esto y después algo distinto. Del pienso así pero no compatibiliza con cómo siento. Del más vale que llegue temprano el momento en que pueda dominar el impulso, como para empezar a encasillar y hacer que todo esto de vivir salga un poco más fácil. Sí, más fácil. ¿Te acordás cómo? Es que todo estaba por venir y las esperanzas costaban menos estupidez. Tantas horas mirando el río, imaginando cómo seríamos ahora. Porque ya tenés 30, ¿sabés? Y pienso: cómo le pifiamos, eh. Vos allá y yo acá. Y ni mierda. Al menos nos une la nostalgia, que no es poco. Más bien diría que es casi todo.

A veces te extraño. Otras, ni me acuerdo de que existís. Por lo de siempre, imagináte. Es que te salía bien eso de contarle las letras a la palabra derrota y decir que era capicúa. Pero no es capicúa, te contradecía yo, y vos: claro que es capicúa. Es como yo quiero. Y nos reíamos. Y nos callábamos. Y amanecía, y medias lunas de La Farola a 3 con 60 la docena: lo último que nos quedaba y al otro día, domingo, robábamos yerba y unas galletitas de lo de la vieja.

Mi casa sigue oliendo a comida recién hecha. Todo el tiempo. Hoy llegué y había una torta de brownie en el horno. Sentí la dulzura desde la puerta y sonreí callada. El hogar está tibio ahora que es invierno, y como dice Maca, todos en la cocina se ríen y toman mate. Es verdad, a veces es un poco así. Pero otras, no tanto. Qué se yo, preguntale a Maca, ya le conté que me anda doliendo el estómago. Y tengo una arruga debajo de cada uno de los ojos. Ya no me cura el Fernet en botella de plástico ni la hamaca risueña del último Marlboro. De hecho, dejé de fumar y ahora que lo pienso, creo que debería revertir la decisión.

Tengo una foto tuya, esa que te saqué el día que se te cayó el diente. A mí se me cayó del culo y nadie quiere guardar la imagen. Es la dualidad, viste, esa que te contaba. Ese ir y venir de los días que no entienden si vivimos al norte o al este. Yo siempre te lo dije: vamos al este que se está mejor. Y vos, ni caso, siempre contradiciendo, te fuiste al norte y me dejaste rayando arrugas y derritiendo el cuerpo. No importa, está bien, nos une la nostalgia y, cómo no, las milanesas de tu mamá. Yo las sigo comiendo, de vez en cuando. Ella te guarda algunas en el freezer para cuando decidas volver. Y yo cada vez que entro a tu casa, abro la heladera marrón de la cocina y le digo: “Eva, no jodas, damelas a mí que el loco no se las merece”. Ella se ríe pero en el fondo se enoja, lo sé, y me dice que el nene va a volver lleno de plata, y el nene tiene treinta y ya seguro se quedó sin neuronas. A mí por suerte no se me dio por las drogas. Creo que hubieran acabado conmigo. Tal vez esa sea otra decisión que debería revertir.

El barrio no se parece en nada al que era. Porque ya no hay nadie acá y sabés algo que noté: los que quedamos tenemos otra mirada. Ayer, de hecho, me encontré con Caro. Se hizo Hare krishna. Y aunque le queda bien, le cuesta llevarlo, se le nota por cómo agarra la correa del perro. Vende comida naturista con su novio y duermen la siesta. Todos los días. Yo le dije que me parecía bien, pero a la cuadra siguiente pensé que no estaba tan buena esa vida. Qué se yo, viste. Eso que te contaba de la dualidad.

En fin. Te extraño. Se me dio por escuchar a los Héroes del Silencio estos días. Qué se yo. Espero que estés bien y que te vaya bien y que hayas encontrado eso que andabas buscando. Algo así. O, tal vez, aprovecho este espacio y te digo la verdad que tiene más que ver con que estoy segura de que no tenés idea de qué inventar para estar acá de nuevo y no sentirte un fracasado por eso, y que me extrañás a mí y a tus cumpleaños en la terraza con tu perra Panda meando todo, que estas almas significan más que ninguna playa. Pero te cuesta admitir. Lo entiendo. A mí también, si te deja mejor. Te diría que vuelvas, pero sé que mañana me puedo arrepentir, nos podemos equivocar todos y no resistir, por eso de la dualidad, que te decía, viste.

martes, 23 de junio de 2009

Piki´s Dixit


"No tenés un buen auto, no tenés una buena cara, no sos alto, no tenés buen lomo ni una conversación interesante. ¿Encima me venís a buscar sin perfume?"

lunes, 15 de junio de 2009

Sólo solo

Salgan a andar, escombros de plumas,
que sin osadía rozan la piel,
dulces derrotas huelen a hiel,
sin imagen, sin consuelo.

Llena tu bolso, oh dignidad,
levanta los ojos y no permitas el engaño:
socorros, jamás sorberás.

El legado te pertenece,
pues que el legado te pese,
aún más que tus documentos de miel,
más que el perfume de tu superación que,
bien sabes, tu, digna conquistadora,
tuya y sólo tuya será.
Tuya y sólo tuya andarás.

viernes, 5 de junio de 2009

Esclavo Estereo

Crecemos bajo el imperio de miles de estructuras que se multiplican a medida que formamos rutina, al paso que creamos intereses. Porque esos intereses se forjan con el clavo de lo establecido, que deja olor, y da nacimiento a uniones de matrimonio, de amistad, de trabajo. Siguen las actividades y, en definitiva, seguimos paso a paso la receta de un vivir que nos va anulando identidad.

Nos alejamos porque sometemos delirios. Los aplacamos. Están prohibidos. La rebeldía es de los rebeldes que, ya vimos, están enterrados o en el fondo del mar.

Luchamos todos los días por ser esclavos. Porque es más cómodo que tomar decisiones, que pesan. En la alta y media esfera moderna que se supone individualista y que yo en cambio creo que está unificada en criterios y cumple perfecto con el mecanismo de retroalimentación, nos vamos convenciendo de que el hedonismo tiene sentido y de que el mal sólo acecha en las plazas y suburbios.

En una clara muestra de soberbia desbordada por la verborragia de quienes, de la misma manera que yo, se cortaban las uñas sucias desde lo discursivo, me creí alejada de esa basura.

Y me fui volviendo esclava. Me liberé del África pero me interné en mi país, al que creí soberano. Acá hay libertad, me dije. Salpiqué mis remeras con lavandina, protesté ante la fachada, renuncié al matrimonio y eliminé de mi vocabulario decenas, cientos de palabras. Regalé algunos libros y pensé que finalmente había logrado quedar fuera de un sistema nefasto, depravado, siniestro y mal concebido. Del que sigo creyendo que es nefasto, depravado, siniestro y mal concebido.

Pero me arraigué tanto al discurso que me convertí en snob. Eso, por empezar. Y después: presa de mí, que buscaba pertenecer. Hice el amor con quién quise y más, hasta con aquél que sólo por particular llevé hasta mi colchón, haciendo lo imposible porque acabara de una vez y yo pudiera escapar. Y todo para qué. Para sentirme más libre, como si la libertad estuviera ahí. Qué locura.

Seguí. No di problemas, no pedí nada, me quedé, sin necesitar, sin arrastrar, sin perder, jamás. Porque de eso se trata, decía, mientras pensaba en lo inevitable como aquel que se esclaviza evocando a la muerte, un destino que no podrá evitar.

Otra vez la necesidad de pertenencia. Otra vez, la bestia individualista. Igual, exactamente igual a los religiosos de la rutina, a los fanáticos de la evolución de la especie.

Porque todo lo que generamos, cómo pensamos, lo que hacemos, está enterrado vivo en nuestro discurso. Y otra vez el recomenzar. Ahora, a salir de acá. Porque acá también se vive bajo estructuras elitistas. Acá no queda nada más que sumisión. Y si algo aprendí, acá, es que está en mí el sentido pero nunca, nunca podré aceptar al abnegado.

lunes, 1 de junio de 2009

Una noche cualquiera


Fui al bar con la misma actitud con que a veces me dispongo a escribir: sin saber exactamente qué voy a hacer pero con la expectación de entender para qué lo hago. Tenía una historia con el barman, una de esas historias que no conmueven. Para ser más clara: aquella noche no deliberé acerca de lo que pensaría cuando me viera aparecer, ni de si reconocería mi ropa, ni de si sería una actitud invasiva, regalada o si con ella daría la imagen de una mujer solterona y desesperada. Nada de eso me importó porque él no me importaba demasiado, y eso –se sabe- hace que ciertas cosas salgan mucho más fáciles.

Simplemente me vestí cómoda, crucé la puerta de entrada al bar, levanté la mirada y cerré bien los labios en signo de fría seriedad. Me arrimé hasta la barra. Ahí estaba él, con sus rastas y su sonrisa a medio abrir. Era decididamente vendedor; cualquier mujer en alza sería capaz de tomarse incluso un Semen de Pitufo con tal de hacerse la sexy ante él. Así que yo me senté ahí, en una banqueta, y lo miré fijo hasta que finalmente se dio cuenta de que había ido a buscarlo. A diferencia de lo que pensé, no me preguntó qué hacía, un martes, a esa hora, de esa forma. En cambio pareció contento, me besó con sus labios gruesos y me ofreció algo de tomar. Bueno –dije para mis adentros- acá hay algo que está funcionando raro y “quiero un Fernet, por favor, y si es posible otro de esos besos”.

Me relajé sobre el respaldo y clavé la pajita en mi boca. A veces pienso en la comedia que montamos para vivir, en cómo nos interpretaríamos si fuésemos capaces de observarnos como a unos extraños conocidos. En fin. Ahí estaba yo, un martes cualquiera, tomando un Fernet más, encantada con el beso de alguien que creía más que cualquiera y dudando –de pronto- de que todo fuera así de simple.

Le decían Norman. Y como Norman estaba trabajando, yo pasé mi tiempo entre caminatas por la pista y algún diálogo conocido. Cada tanto me trepaba a la barra, apoyándome sobre mis codos y le alcanzaba un beso. Las horas fueron pasando entre tragos y empecé a sentir en mi cuerpo esa liviandad etílica, esa sensación de que todo es posible, de que el mundo no importa más que porque estamos ahí, en ese momento. Y entre beso y beso –oh, problema- me puse a prestar atención.

Norman sacudía la coctelera y era mirado; abría la caja y era mirado; sonreía la propina, y era mirado. Noté que todas lo querían seducir y yo, a esa altura y ante semejante revelación, quise más. Así que repetí eso de doblarme sobre la barra, sacar culo y armar un pico con mi boca para besarlo, y de pronto me encontré bajando mi mano hasta su pantalón. Cuando me sonrió por lo que hacía, lo apreté desde la cola hasta sus huevos, y le susurré: “Necesito que me cojas”. A lo que él contestó: “Son dos”.

Le pedí otro Fernet y saqué de mi bolsillo un cigarrillo de marihuana. Había vaciado la mitad de mi vaso cuando sentí que alguien me rozaba el cuello. Sin mirar, tomé la mano que me acariciaba y me la metí en la boca, subí los ojos y pregunté: “¿Dónde es?”. “Vení”, escuché.

Me bajé de la silla y seguí a una chica rubia. Esa noche, después de tantas, descubrí que el bar tenía una puerta detrás de la barra que llevaba a una habitación muy chica. El lugar estaba lleno de muebles, vasos y un gato dormía sobre algunos bolsos que –intuyo- serían la ropa de los bailarines que hacían el show.

Cuando crucé la puerta, pasé por delante de la chica que me había llevado hasta allá y una vez que encontré el centro de la habitación, me di vuelta para mirarla. Parecía tan tranquila que me incomodó, aunque no tanto como notar que era realmente hermosa. Tuve celos, celos porque seguramente se acostaba con el de rastas, con quien yo también dormía, a veces.

La música llegaba lejana hasta la habitación. En medio del murmullo, señaló un sillón y, mirándome fijo, como analizando mis gestos, me pidió que fuera hasta él. Verla así, encendiendo su cigarrillo y balanceando su cabeza me inspiró la necesidad de abrirme de piernas y algo peor: de pronto tuve la sensación de querer probarla, a ella y a mí, de saber quién tenía más para dar.

Me quedé en sus ojos, desabroché mi pantalón y empecé a moverme como se mueve una hamaca vacía en momentos previos a una tormenta; la veía parada y sentía la necesidad de sacudirme un poco más. Sus ojos empezaron a ejercer sobre mí un efecto contrario al alcohol: tuve conciencia de cada parte de mi cuerpo; estaba tan excitada, de pronto, que era como si la piel quisiera salirse de mí.

Me masturbé. Y gemí. Y me sacudí sobre el sillón con rabia, y ella gimió conmigo, y empezó a tocarse las tetas hasta que, de pronto, se acostó sobre un almohadón y con movimientos de cadera le daba pequeños golpes al piso, y le imprimía cada vez más velocidad. No la dejé de mirar en ningún momento. Hasta que estallé.

Cuando entró Norman yo ya estaba parada y con los pantalones puestos; ella seguía bailando árabe en posición horizontal. Caminé hacia él, pasé mi mano por su boca, lo besé en la frente y salí de la habitación. Volví a mi casa contando las horas que faltaban para que tuviera que despertarme e ir a trabajar.

martes, 26 de mayo de 2009

Insomnio

No puedo dormir. Son las cuatro de la mañana y hace más de una hora que giro sobre las sábanas. Debería lavarlas, me pica el cuerpo, pienso, pero sé que seguramente pase una semana más hasta que lo haga. Nunca antes había tenido insomnio, no puedo creer que ahora encima esto, ni que hubiera matado a alguien, me digo, y me desdigo inmediatamente: qué razonamiento superficial. Vuelvo a girar sobre lo que imagino es un bicho que me está picando el culo. Me rasco el culo, toco la sábana, no hay nada. Me alivio. Hago mi cuerpo una bola, me muevo hasta la parte más fría. Me quedo quieta, empiezo a ver letras sucediéndose y me ilusiono con que por fin me estoy quedando dormida, entonces me doy cuenta de que sólo estoy recordando el monitor de mi computadora y enciendo la luz. Tengo un libro de Bolaño al lado de mi cama, lo agarro, leo un cuento, me parece sensacional, sobre todo la escena en que B –debe ser él, pienso- no puede dormir. Agarro el celular, son las cuatro treinta de la mañana. Hago números. En cuatro horas más me tengo que levantar. Susurro insultos y me levanto. Abro la heladera, no hay nada; abro la alacena, saco papas fritas, me las como con brutalidad. Camino en la oscuridad de la casa y noto una vez más cómo me gusta la oscuridad de la casa. Tomo nota mental de todo esto que ahora escribo. Voy al baño. Hago pis mientas me miro al espejo, o me miro al espejo mientras hago pis. En eso la veo, ahí. Ya no se va a ir más, pienso. Corto papel, me seco, me levanto del inodoro y me acerco más al espejo, para verla de cerca. A ella, la razón de todo. Tengo una arruga. La primera. Una arruga delineada debajo de mis ojos, que además ahora están como adentro de una bolsa, oscuros. Envejecí, pienso, ya envejecí. Ya nada será igual.

viernes, 22 de mayo de 2009

Simplemente

La hoja en blanco. Empecé. Hola, Juan, cómo andás. Sabés, hace unos días que quiero hablarte, decirte algunas cosas que me están pasando, o más bien, que no estoy sintiendo. Tragué la primera burbuja de saliva y seguí. Tal vez una carta no te parezca lo mejor, pero qué es lo mejor en estos casos. Yo no lo sé, lamentablemente para vos, para mí, para todos, la vida se escribe en el anotador que llevamos en el bolsillo, ese en el que intentamos capturar algunas ideas mientras miramos por la calle, las paredes, buscando que nos devuelvan algún indicio de identidad. Me detuve. Todas esas palabras, esas ideas sueltas con las que intentaba expresar el lenguaje, el mismo que habíamos deglutido y pateado y descuartizado de la A a la Z durante decenas de noches de vacío opresor, iban a molestarle si esta vez estaban seguidas de una decisión tan cabal como la que intentaba manifestarle. Borré. No existen culpas. O si acaso alguien lleva el baúl sobre sus hombros, no seré yo quien asigne la labor. Tal vez las raíces de este desencuentro estén en nuestro inicio; es que vos, Juan, no pudiste dejar de señalarme por lo que sabías de mí, por lo que te había confiado cuando éramos amigos. Creíste que ibas a poder con mis verdades más entrañables, y me las pediste, todo el tiempo, y yo te las di, en la boca, cuerpo a cuerpo, pero vos vos no me pudiste soportar. Levanté la vista y me clavé en una foto gris que habita sobre mi escritorio. Pensé que las explicaciones no siempre son necesarias, no al menos cuando prenden luz sobre verdades que después pueden encandilar. Qué sentido tenía decirle que se había equivocado, que fracasó delante de sí mismo, que lo había arruinado. Me arrepentí, y borré. Y ahora, mirá quién sos, mirame a mí ante vos. Soy yo la que no puede, la que no soporta verte así, lastimándote, agrediendo todo lo que nos une, lo que nos unía. Te estás destruyendo delante del espejo y me estás consumiendo a mí, que no quiero caerte encima. Cómo es que no pudimos detenerlo, cómo es que después de tantas vueltas, de tantas idas y venidas no pudiste frenar tus desquicios a tiempo, cómo fue, Juan, cómo fue que te enroscó la cola de los celos y pasé a ser droga. El olor del sahumerio quemando cartón volvió a detenerme. Me dije que las instancias habían sido muchas, ya, y que nuestra historia formaba para de un pasado. Estaba muerta. Para qué, entonces, llenarlo ahora de cuestiones. Me convencí, y borré. Vos me importás y quiero verte bien. Pero evidentemente no soy yo esa que te completa, esa que pueda potenciarte, como tantas veces soñamos tirados en tu cama, fumando las horas de la noche entre revuelcos, dibujos tallados en el techo y promesas a olvidar. Espero que lo puedas ver, que puedas entender que esta decisión se trata de seguir buscando lo que es mejor para los dos, y esa posibilidad, es evidente, no nos encuentra juntos, no ahora. Para qué, si él sólo lo iba a entender cuando se enamorara de otra y yo simplemente formara parte de la experiencia. Borré. En definitiva, lo que quiero decirte, es que no te amo más. Escribí su dirección. Y lo envié.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Funshi

Esa mañana me desperté con una sensación absorbente, como si un ácido de laboratorio me estuviera desintegrando por dentro. No fue como otros picores que había experimentado alguna otra vez, después mantener relaciones sexuales con hombres de PH incompatible –pido perdón a los que luchan contra Sida, pero nunca fui lo que se dice una adepta al uso de preservativos. Aquella mañana, la sensación que tuve fue similar a lo que imagino sucedería si alguien me incrustara una maraña de pelos oxidados y estos tuvieran la vitalidad suficiente como para desenredarse dentro de mí. O algo así.

La cuestión fue visceral. Ahora que lo recuerdo, asumo que la bronca que sentí fue más intensa que la molestia –que, insisto, era brutal-, dado que yo, antes de buscar a un médico, a una curandera o –como mínimo- alguna crema funguicida, fui directo hasta su celular.

Y, claro, como era de esperar, encontré todo: el remedio, la enfermedad y el motivo fundamental.

Una vez que pude descifrar el enigma que estaba comiendo mi preciada y exitosa sexualidad por dentro, me acerqué hasta la guardia de un hospital, pedí por un ginecólogo con la urgencia de alguien que está por dar a luz un muñeco pony, y le dije al médico. “Tengo parásitos en la vagina, ¿cómo hago para curármelos?”.

El doctor no era lo que se dice un hombre expeditivo. Más bien, creo que su conservaduría, como de mente en aceite de oliva, le impedía ver que sus preguntas del tipo “tuvo relaciones sexuales primero por el ano y luego por la vagina” o “se lavó con un bidet de atrás hacia adelante” o “estuvo con la bombacha sucia”, no hacían más que irritarme y –pido disculpas otra vez a los luchadores- tuve que decirle, sin amabilidad: “No, doctor. Sucede que yo cojo bastante y el hombre con el que salgo hace unos días se acostó con una mujer con quien trabajo hace unos años y después vino a mi departamento. Esto fue anoche. El sexo fue pobre y yo pensé que se debía a que era viernes, fin de la semana; pero hoy que me levanté con esta picazón y después de haber leído un mensaje en su celular en que ella le decía que estaba abierta para él como una flor, entendí que el chico no podía más. Así es que no, doctor, fue simplemente sexo convencional, del misionerito, que le dicen, y yo bombacha sucia no uso. Si se mancha, me la saco y punto”.

El hombre me recetó un no se qué que venía con una pipeta que me introduje inmediatamente, me refrescó y volví a mi casa.

Cuando llegué, él hombre-avión transportador de insectos imperceptibles me estaba esperando con el desayuno listo, el diario sobre sus rodillas, abierto en la sección de policiales (paradojas de la vida) y una cara de aflicción producida por mi ausencia que –creo- estuve tentada de convertir en chatarra. Pero me contuve.

Supongo ahora que no estaba tan enamorada de él como creía en ese entonces, sino, lo que sigue no hubiera podido suceder. (Presten atención al siguiente diálogo que es posible tenga la destreza personal del paso del tiempo –esa cuestión inevitable de pensar que no fue tan grave y que uno es algo, aunque sea un poco genial- pero que, en definitiva, se desarrolló más o menos así).

- Me fui a la farmacia –le dije mientras untaba manteca en su pan tostado.
- ¿Para qué?
- Para comprar algo, es que me desperté con una necesidad.
- Qué interesante.
- Tengo ganas de que me hagas el amor por todos los agujeros que tengo -arremetí mirándolo fijo a los ojos, él sonrió y atinó a decir:
- Eso es tentador.
- Sí, y hay algo más.
- ¿Qué más? –preguntó.
- Necesito que me dejes meterte un consolador.
- ¿Te parece?
- Sí, y después pasártelo por la boca, refregarlo por todo tu cuerpo.
- Paloma, ¿en serio me decís?
- Sí, y quiero algo más.
- ¿Qué más? –preguntó, desencajado.
- Quiero que venga Julia.
- ¿Julia? ¿Julia Franklin?
- Sí, Julia, Julia Franklin, la que tiene parásitos.
- ¿Cómo parásitos?
- Que Julia Franklin tiene parásitos adentro de su culo.
- ¿Te contó ella?
- Sí. ¿Vos sabías que los parásitos sobreviven en el aire?
- ¿De que estás hablando, Paloma?
- De la vida del parásito. Es muy interesante. Pueden pasar de un culo a una vagina, con un intervalo de dos horas guardados en tu pantalón, y sobreviven.
- Paloma, me estás preocupando.
- Hacés bien, hacés bien, querido Lucas. Ahora, servime más café, por favor.

jueves, 14 de mayo de 2009

Signos


- Como si de alguna manera yo fuese alguien en verdad. No puedo tomarme con tanto respeto.
- Vos sos alguien, porque sos alguien para mí –insistió.
- No, Pablo, no entendés. La que soy para vos no es la que soy para otros, mucho menos la que significo para mí. Entonces, está claro que no existe un alguien, son sólo símbolos.
- Estás loca.
- Vos sos el que está loco que te empecinás en creer que puedo ser alguien, hasta la eternidad. Soy obsoleta.
- Tenés una responsabilidad y deberías asumirla –insistió aquella mañana con un concepto que yo no compartía, pero que él se empecinaba en establecer como la regla básica que un ser moralmente activo debería acatar.
- No me molestes con eso, no me vengas con moralinas.
- Lamento que vivas con liviandad –me atacó-. Pero vos tenés una responsabilidad sobre mí. Porque yo te amo. Y aquel que se sabe amado tiene una responsabilidad. Lástima que vos sólo pienses en no comprometerte más que con tus deseos carnales.

Licenciado

Diga mi nombre y no lo reconoceré.
Diga la fecha de mi nacimiento y no la recordaré.
Diga Señorita y no sabré quién es.
Dígame lo que quiera, que yo no registraré.
Pero cuando diga, sepa que ni valiente ni resignada estaré esperando que su voz se calle para que las palabras que pronunció se mezclen con algunas estrofas mías y así encontraré, por fin, el sentido de la soledad.