Esa mañana me desperté con una sensación absorbente, como si un ácido de laboratorio me estuviera desintegrando por dentro. No fue como otros picores que había experimentado alguna otra vez, después mantener relaciones sexuales con hombres de PH incompatible –pido perdón a los que luchan contra Sida, pero nunca fui lo que se dice una adepta al uso de preservativos. Aquella mañana, la sensación que tuve fue similar a lo que imagino sucedería si alguien me incrustara una maraña de pelos oxidados y estos tuvieran la vitalidad suficiente como para desenredarse dentro de mí. O algo así.
La cuestión fue visceral. Ahora que lo recuerdo, asumo que la bronca que sentí fue más intensa que la molestia –que, insisto, era brutal-, dado que yo, antes de buscar a un médico, a una curandera o –como mínimo- alguna crema funguicida, fui directo hasta su celular.
Y, claro, como era de esperar, encontré todo: el remedio, la enfermedad y el motivo fundamental.
Una vez que pude descifrar el enigma que estaba comiendo mi preciada y exitosa sexualidad por dentro, me acerqué hasta la guardia de un hospital, pedí por un ginecólogo con la urgencia de alguien que está por dar a luz un muñeco pony, y le dije al médico. “Tengo parásitos en la vagina, ¿cómo hago para curármelos?”.
El doctor no era lo que se dice un hombre expeditivo. Más bien, creo que su conservaduría, como de mente en aceite de oliva, le impedía ver que sus preguntas del tipo “tuvo relaciones sexuales primero por el ano y luego por la vagina” o “se lavó con un bidet de atrás hacia adelante” o “estuvo con la bombacha sucia”, no hacían más que irritarme y –pido disculpas otra vez a los luchadores- tuve que decirle, sin amabilidad: “No, doctor. Sucede que yo cojo bastante y el hombre con el que salgo hace unos días se acostó con una mujer con quien trabajo hace unos años y después vino a mi departamento. Esto fue anoche. El sexo fue pobre y yo pensé que se debía a que era viernes, fin de la semana; pero hoy que me levanté con esta picazón y después de haber leído un mensaje en su celular en que ella le decía que estaba abierta para él como una flor, entendí que el chico no podía más. Así es que no, doctor, fue simplemente sexo convencional, del misionerito, que le dicen, y yo bombacha sucia no uso. Si se mancha, me la saco y punto”.
El hombre me recetó un no se qué que venía con una pipeta que me introduje inmediatamente, me refrescó y volví a mi casa.
Cuando llegué, él hombre-avión transportador de insectos imperceptibles me estaba esperando con el desayuno listo, el diario sobre sus rodillas, abierto en la sección de policiales (paradojas de la vida) y una cara de aflicción producida por mi ausencia que –creo- estuve tentada de convertir en chatarra. Pero me contuve.
Supongo ahora que no estaba tan enamorada de él como creía en ese entonces, sino, lo que sigue no hubiera podido suceder. (Presten atención al siguiente diálogo que es posible tenga la destreza personal del paso del tiempo –esa cuestión inevitable de pensar que no fue tan grave y que uno es algo, aunque sea un poco genial- pero que, en definitiva, se desarrolló más o menos así).
- Me fui a la farmacia –le dije mientras untaba manteca en su pan tostado.
- ¿Para qué?
- Para comprar algo, es que me desperté con una necesidad.
- Qué interesante.
- Tengo ganas de que me hagas el amor por todos los agujeros que tengo -arremetí mirándolo fijo a los ojos, él sonrió y atinó a decir:
- Eso es tentador.
- Sí, y hay algo más.
- ¿Qué más? –preguntó.
- Necesito que me dejes meterte un consolador.
- ¿Te parece?
- Sí, y después pasártelo por la boca, refregarlo por todo tu cuerpo.
- Paloma, ¿en serio me decís?
- Sí, y quiero algo más.
- ¿Qué más? –preguntó, desencajado.
- Quiero que venga Julia.
- ¿Julia? ¿Julia Franklin?
- Sí, Julia, Julia Franklin, la que tiene parásitos.
- ¿Cómo parásitos?
- Que Julia Franklin tiene parásitos adentro de su culo.
- ¿Te contó ella?
- Sí. ¿Vos sabías que los parásitos sobreviven en el aire?
- ¿De que estás hablando, Paloma?
- De la vida del parásito. Es muy interesante. Pueden pasar de un culo a una vagina, con un intervalo de dos horas guardados en tu pantalón, y sobreviven.
- Paloma, me estás preocupando.
- Hacés bien, hacés bien, querido Lucas. Ahora, servime más café, por favor.