martes, 18 de noviembre de 2008

Breves de la semana, un tente en pie

Me cansé de entrar a MQDLV y ver la foto de esa pareja dentro de la bola de cristal. Me da gris, no sé, me aburrió. Esta semana no pude escribir más que pequeñas sueltas de teclado que quedaron desparramadas -en desorden- sobre el escritorio que subyace a mi trabajo diario. Esta mañana quise hacer limpieza. Fui a borrar, a matar en la guillotina de la papelera de reciclaje a estas pastillitas que en algún rato de libertad logré enfrentar. Pero una dispersión bondadosa me hizo cambiar de planes. Pensé: las agrupo y las hago vivir acá. En fin. Va un tente en pie, uno pequeño, tipo canapé, de algunas cosas que solté en estos últimos días. Salut.

Fuck

Silencio. Hacé silencio. Por favor, callate. Shh. Te lo pido, ahí, justito ahí, ese tono, el mudo, no digas, no digas más que de todos modos ya no entiendo de palabras. Callate vos también y vos, vos no muevas más tus labios que, para mí, es lo único que hacés. Salgan de acá, salgan de mí. No los quiero ni mirar ni oler ni sentir. Voy otra vez. Empiezo de nuevo y que sea como quiero. Que ya escuché con demasiado respeto. Que ya me cansé.

Macabro

Hay sueños que son macabros. Y el que me aplasta hoy, es de esa calaña. Imagino una música instrumental, lenta, pausada pero intensa… Baila baila como una víbora dentro del cerebro y me retuerce los ojos; me come, estrangula con su cola cascabel. Me voy metiendo dentro de una silla que me sostiene. Y cristaliza. “Quién sos”. Quiero gritar dejameee, macabro, dejame pensar claro. Y el hijo de puta vuela como una flecha de papel por delante de mi esfera. Y me turba. Turbada estoy hoy, como portando una turbina en la frente que me repica a paso footloos y levanta un polvo que se pega como pequeñísimos destellos de tierra en mis oídos. Uf. Ayer no dormí y me traje de la cama que no pisé un fuking sueño que me macabrea el día.

Mua
Si me besas en los labios
y logras entibiar,
sabrás más de una historia,
más de una moral:
conocerás cuánto he besado
y cuán fría pude haber estado.

Quiero. Ciego

Un hombre corrió cuesta abajo. La colina permaneció. El la desandó. Y la vio. De nuevo la vio. Siguió una a una y una a una moviendo. Rápido. Las piernas. Esta vez por el terraplén. Y la vio de nuevo. Vio siguió. Siguió viendo. Corriendo. Una a una. Llegó a su casa y se escondió. Ay. Ahí está otra vez. Adentro, en sus sombras, tras la puerta, en la figura que maquilla su saco. Ay. Gira. Y ahí: mirá mirá, decime que también ves, está en el espejo, que refleja, también. Quiso pero no, no pudo dejar de ver. Fin. Al fin: murió como un loco que veía. Sin ver. Sin saber qué. Por qué. Y volvió a nacer y creyó que el problema había terminado pero ups, la volvió a ver. Y después de toda una vida escapándose entendió que iba a seguir y entonces: “Hola, qué querés”. Su fortuna no duró. Ella contestó, y volvió a correr. Con él, murieron sus sombras. Hasta que volvió a nacer. Y la volvió a ver.

Run

El apuro está guiado por la culpa. Y eso está empezando a estar mal, muy mal.



lunes, 10 de noviembre de 2008

Gurú


Ayer me tiré las cartas. Bueno, me las tiró alguien más y yo escuché. Me dijo que voy a tener dos hijos y se jugó: la primera, nena ella, llegará el año que viene. Un 2009 madre. Intentó convencerme de que lo mío es la familia, que una sola mujer rubia seguirá al lado mío como amiga pero que focalice: fijate, la pareja sale en las cartas, mirá, ves (y yo: la verdad que no, que sólo veo dibujos dados vuelta y un esqueleto que me aterra), a partir del año que viene tu vida se va a centrar en el amor, en tu nueva familia. Y ya que hablamos de temas familiares, te digo que la cosa con tu mamá no, eh, veo conflicto. Y yo: ¿conflicto con mi mamá? Mmm no sé, no creo, ¿vos decís? ¿No será con mi papá? Sí, él, tu papá, que se cuide la próstata. ¿Vive, no? Sí, sí, algo así. Veo, vos ves, mirá, hay un hombre trigueño, o morocho, ¿te imaginás quién puede ser? Mmm, no se me ocurre, pero qué pasa con este hombre. Este hombre va a hacer mal. ¿Te hablo sin tabúes? Si, sí, dale nomás, entonces ¿qué me decís del trigueño? Que va a generar una pelea entre vos y tu mamá, grave, ella que se cuide la parte ginecológica, eh. Ah sí, le digo, gracias. Veo éxito en tu trabajo. ¿No me voy a ir de viaje? Mmm no, en dos meses cambiás de trabajo, en relación de dependencia, y ahí vas a crecer mucho. Pero yo me quiero ir de viaje, mmm, no, querida, no te sale un viaje, te sale un hijo, dos nenas, con él. ¿Con él? Sí, una familia hermosa, hasta casa se van a comprar, mucho éxito, ¿ya pensaron en el nombre de la nena? Ah, bueno, no, nunca lo pensamos, pero qué bueno lo de la casa, justo que se me complicaba llegar a fin de mes. Sí, los dos van a cambiar de trabajo, juntos van a trabajar, y forman una familia, qué linda la familia. Ah, qué bueno. Sí, con casamiento y todo. ¿Fiesta? Ah, no me gustan mucho las fiestas de casamiento; vos, pibe, ponete las pilas con ella, eh, vas a tener que estar lúcido porque ya te agarró, esta te embocó y no te vas a aburrir. Ah, igual yo no quería tener hijos, bueno, y ella tampoco, creo que salimos de acá y vamos a la farmacia. Sin embargo la veo contenta. ¿Te tiré una bomba, no? Eh, sí, sí, una bomba, voy a ser mamá, de dos nenas, voy a formar una familia, el año que viene y casa nueva, Casa Propia, tremendo, sí, qué vueltas que puede dar la vida, qué giros inesperados, cuánta visión, cuánta pasión, cuánta pavada. Gracias. Le digo a mi papá lo de la próstata y si veo un trigueño en casa le pateo el culo. Me gusta Sara, ¿te gusta a vos? No, ni en pedo. Ah.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Diván

- No sé de qué hablar. Venía en el subte pensando en que hoy no tengo nada para contarte.
- …
- Sí, es que no me pasa nada. No se, no sé qué te podría decir.
- …
- …
- …
- Y venir acá y encontrarme con tu verborragia es alucinante.
- …
- Alucinante, che.
- …
- …
- …
- Genial.
- …
- No pongas cara de no poner cara.
- …
- Si pienso me deprimo. Y si me deprimo me desespero. Qué desesperante que es la angustia, por favor. Igual me da cansancio hablar. No sé qué contarte. ¿Me puedo ir?
- Esa es tu decisión.
- Bravo, bien. Hablaste.
- ¿Puedo escupir el piso?
- Si después los limpiás.
- Ajá. Me gustaría no pagarte, no venir más, si total, para que me mires como a una ridícula, me quedo a mi casa.
- …
- Bien, eso no funcionó. Tengo que decir otra cosa que te haga hablar.
- …
- ¿Te gustó alguna paciente alguna vez?
- Es un asunto personal y vos estás acá para que yo te analice a vos, así que creo que esa pregunta está fuera de lugar.
- Y a mí me parece fuera de lugar que vos me mires raro y que no me contestes cuando hablo.
- ...
- ...
- ...
- Eso me parece fuera de lugar. Como me parece fuera de lugar lo que cobrás y tu prestigio, teniendo en cuenta que sigo siendo, después de dos años de terapia, la misma persona frustrada y solitaria de siempre. Fóbica, soy fóbica, por si no te diste cuenta. Fó – bi- ca, querido. Hasta de vos. Y nada, eh, cero lo tuyo. Me mirás, hablo como una ridícula de lo que sufro cuando se me acerca un hombre y vos ahí, callado, anotando. Soy fóbica, y vos ni lo sabés porque me incentivas a que siga mi instinto de alejarme de la angustia. No, la tengo que enfrentar, sino me voy a quedar sola. Sabés qué creo, porque lo creo yo y no porque me lo hayas explicado vos, que tengo que enfrentarme a ellos, que sino, me como mi propia cola y giro en falso hasta que me tumba el mareo. Nada, no te imaginás la angustia que me genera amar y salir, salir y amar, todo el tiempo. Es desesperante. Estoy en una fiesta y pienso que la mejor está en otro lado, y me voy, me salgo del living del encuentro, me voy por la puerta segura, segurísima, y cuando llego a la calle me alivio, pienso, qué bueno, toda la calle para mí. Y a las dos cuadras, sácate, extraño la gente que había en el living que dejé. ¿Me seguís?
- …
- La fobia es lo que me destruye. Creo que no puedo con la estabilidad porque la estabilidad está hecha para mediocres. Eso digo, de la boca para afuera. Pero no sabés las ganas que me dan a veces de ser Susanita, Carolita, Florcita y no alguien que corre de un lado al otro, sin conformidad, sin posibilidad de entregarse por completo porque, claro, total me voy a ir. Irme es la alternativa que encuentro para no sentirme presa de una pareja. Soy fó- bi- ca.
- …
- …
- …
- Me voy.
- ¿Te vas?
- Sí, chau.

martes, 4 de noviembre de 2008

Escucho voces



Somos eco.
Pero ahí andamos, hablando de crecer.
Saltaremos jaulas eternamente,
si solemos evadir la presa;
Chocaremos altares,
si creemos todavía en él.
Para siempre.
Porque no somos más que espejo,
de nosotros,
presos,
otra vez,
falsificadores,
traficantes,
de nuestra propia -obvia- identidad.

lunes, 27 de octubre de 2008

El Plan

Aquella mañana abrí los ojos y repasé el plan. Caminé hasta la cocina, abrí la heladera y busqué la jarra con jugo. Llené un vaso y volví a la cama.

Me senté a su lado, le besé la frente.

-Buen día ¿Querés tostadas?
-Yo las hago -me devolvió la gentileza.
-Bueno, prefiero unas galletitas con dulce. Mientras que las preparás, me voy a bañar.

Me contuve de contarle el plan. Tenía ganas de decirle que tenía todo preparado, que íbamos a estar bien, que todo se iba a aclarar. Pero no lo entendería, jamás podría y –sabía, lo sabía- sus palabras podían confundirme, entorpecer mis razonamientos. Y si algo no necesitaba en ese momento era que él disuadiera aquella convicción que tanto tiempo me había llevado elaborar.

Disfruté del efecto del chorro de agua masajeándome el cuello sin apuro. Presté atención a los detalles: los azulejos estaban sucios y pensé que jamás los iba a limpiar. Al rato, entró con la excusa de que el desayuno estaba listo y me pidió, como al pasar, que saliera del agua, que tenía que prepararse para ir a trabajar. Aunque me enojó la interrupción no le dije nada; preferí obviar el capricho, me envolví en una bata y fui directo a la cocina.

Rozó mis labios con los suyos y se despidió con rapidez. Una vez sola, me vi envuelta por esa contradicción, por esa cobardía que necesita de la mediocridad que se muestra seductora, que dice “para qué, quedate acá, tranquila, mirá un poco de tele, sentate, no hagas nada que en paz y sin desafíos se vive mejor”.

Pero no me perdí. Hice fuerza por bloquear mis razonamientos. Cualquier contacto con el mundo podía destruir mi idea de liberación. Así fue que apagué la radio, cerré las ventanas. No estaba dispuesta a perder la convicción.

No tendí la cama. Tampoco me cepillé los dientes y salí. Caminé cinco cuadras reparando en el olor del barrio que hasta en otoño era primaveral. El sol me hacía transpirar; las manos me temblaban, las tenía frías, pegajosas; la mirada se me iba entre la nube de mis pensamientos y la panza apretaba mis pulmones, sentía.

Tenía a pocos metros, a una patada corta de distancia, el cambio sustancial. Y qué iba a hacer después. Aquella era mi histeria desde hacía meses, mi historia, mi móvil, mi tiempo. Qué pasaría luego, cómo serían mis días una vez finalizado el plan.

Por suerte, el pensamiento a futuro que puso en riesgo mi decisión se apagó a los pocos minutos, cuando doblé en la esquina y la vi. Estaba linda, impecable. Y yo la odiaba por eso.

Necesitaba saber qué tenía, porqué él la elegía, porqué podía reírse con ella como ni siquiera lo había hecho conmigo al principio de nuestra relación; qué había en su piel que conseguía rebotar en mi cama –esa inmoral- en mi propia cama sin que a él le generara el menor de los juicios de consciencia. Nada. Los mensajes por la noche, las risas comprimidas en el pasillo de entrada al departamento y yo detrás de la puerta, escuchando todo, todas sus palabras de deseo y rebelión.

- ¿Cómo estás?
- Estoy bien -dijo buscando lo raro, el motivo por el cual yo, la mujer del hombre con que se acostaba, estaba prada frente a ella.
- ¿Podemos hablar? -pregunté.
- Decime.
- ¿Puedo entrar? -señalé la puerta de su casa que estaba entornada.

Pasé delante de ella. La felicité por el buen gusto de la decoración y le pedí un café. Caminó hasta la cocina y yo la miré, desde el comedor, analizándola, buscándole un defecto –por favor, algo-. Pero no encontré nada.

En silencio, quedó de espaldas. Tomó azúcar, café instantáneo y los mezcló en una taza. No dije nada, no encontré palabras para empezar y sabía que tampoco hacía falta argumentara mi presencia, tan descarada.

Simplemente me acerqué hasta ella, despacio, deslizando mis pies para que no me escuchara, con las manos temblando dentro de los bolsillos de mi buzo.

-No me gusta el azúcar –le susurré al oído. Volcó la taza y se dio vuelta bruscamente. Tenía miedo, ella tenía mucho miedo. Pero ni siquiera el pánico que le despertaba mi cercanía le hacía justicia al sufrimiento que ellos me generaban desde hacía tanto tiempo.

Intentó irse para atrás pero chocó contra la mesada. Se tomó del mármol con sus dos manos y me miró a los ojos. No dije nada; sostuve la mirada en la suya durante el tiempo que pude, que fue poco. No aguantaba más, no sosportaba tenerla a esa distancia, frente a mí y lo hice: le mostré mi lengua recorriendo mis labios, con mis manos busqué su pelo, la acaricié. Ella respiró hondo y yo la agarré del brazo llevándola hasta mí. Me quité el buzo y mi remera, los apoyé en el piso y volví a incorporarme frotando mi cuerpo contra el suyo. Nuestros labios se rozaron con suavidad, ella acarició mi nuca y dijo algo que no pude entender, pero oír su voz me erizó la piel.

Las respiraciones empezaron a dibujar una métrica que nuestros cuerpos acompañaron con sacudones. La punta de sus pechos se clavó en los míos y, suave, me quitó el resto de la ropa y bajó su cuerpo hasta quedar de rodillas frente a mí, hermosa.

Soltó su pelo y bajó mi bombacha humedecida por los nervios y la excitación. Miró directo a mis ojos y comenzó a lamerme; gimió, se tocó a sí misma con su mano y yo busqué mis pechos, casi con desesperación. Quería acabar, estaba cerca y disuadía el final, necesitaba seguir más, “más”, le pedía, “ay, ay”.

Tomó mis caderas y me hizo agachar; empujó mi cuerpo lentamente hasta acostarme en el piso, sobre la cerámica fría, besándome y dejando el olor a mi sexo en el aire que ahogaba el espacio entre ella y yo. Gritaba, se movía excitada, entornaba sus ojos y miraba al techo mientras se balanceaba sobre mi cuerpo con sensualidad, rozaba con sus pechos filosos con intensidad. Apretó su vientre contra el mío tan firme que no pude aguantarlo más y exploté en un orgasmo.

En ese mismo momento en que sentí el placer salir de mi cuerpo, busqué mi ropa en el piso, con rapidez; desorientada, quise sacarla de encima mío, pero ella seguía moviendose de arriba hacia abajo, cada vez más rápido, ajustándose a mí en cada vaiven. Revolví y cuando encontré el cuchillo que llevaba escondido en mi buzo, sin darle tiempo a que terminara de extasiarse, le corté el cuello y la apuñalé por la espalda tantas veces como fueron necesarias para que dejara de mirar mi cuerpo desnudo.

martes, 21 de octubre de 2008

Pam Pum Pam Pam

Escucho Paco de Lucía y bailo en un tipeo, y tipeo sin parar. Me creo Cacho Castaña en su pico mínimo de cursilería, relato en voz alta los pensamientos que se me vienen encima como chispa de fogata en el sur: se me vuela la ceniza y digo –tipeo, sin parar- que siempre habrá algo por resolver. Adentro, eh. Digo, algo que hace Clanch y parece capaz de tragarte. Humm. Más a una tipa así – así es así-, que aguanta, así, tipo torta, qué cocción esta de existir, qué fucking hot. Wow. Parece que estás a punto de prenderte fuego y, de golpe, se te corta el gas, abrís la tapa, despacio, como testeando el rededor, sacás una mano, después la cabeza, un pie, otro, mirás, mirás un poco desorbitado y al rato ya estás fuera del horno, en el living, sumergida en la pantalla que exhibe una comedia romántica que te alegra. La cosa podría haber sido letal –contás- pero por suerte –qué casualidad- me olvidé de pagar el gas y zafé nomás.

Somos melancólicos porque la vida es jodida, si insistimos en verla como es. Pero un día –ese en que tipeas, y tipeo sin parar- bailás al ritmo de una danza española y le zapateás la cabeza sedosa al hongo que espera debajo de la base y entonces, tal vez y solo entonces, te copás con la canción y decís ma´ sí, que venga quien quiera cortejar y quien no, quien prefiera comer dulces, que se esfume. Volá, Fush. Yo ya no estoy ni para baño María.

La consciencia de vida, Puf, complica. Se pierde inocencia, se gana una responsabilidad enclenque y duele la espalda, a veces la nuca, la cabeza; me duelen los ojos y no lo digo de forma metafórica, es literal: me duelen los ojos en el lugar en que se hace el hueco, ahí, al lado de la nariz y debajo de la ceja. Ay, duele, mierda, duele y sé que el oftalmólogo ni siquiera me recetaría anteojos. Duele porque sí, igual que duelen las pérdidas que ya ni me cuestiono: se que tiene que faltar azúcar y sobrar sal para enmantecar el hole in my soul –everything i know.

Igual, nada nuevo este enunciado. Lo mismo de siempre. Es desilusionante. Fa. Pero si querés, eh, repito que si crees primero en las utopías. Sino, te podés reir de lo que pasa y del ser amargo en que corres riesgo de convertirte. Yo me emborracho más dulzón, fumo cosas graciosas y lloro como una buena niña. Bua. Y me quejo, me quejo como la gran brava. Pero ahora, mientras tipeo, me escucho la voz de Castaña y me rezo en paralelo, invocando a Bucay, dale, nena, remá, levantá la mecha y tirá una bengala; qué te importa la desilusión si total ya estás ahí muerta de ganas de asumir que, en definitiva, sos lo mejor que podés. Glut.