viernes, 26 de diciembre de 2008
La Felicidad
martes, 23 de diciembre de 2008
Asumiendo
¿En qué crees?
cuando lo que sos es lo que fue
y no son las ganas la salvación,
sino la imaginación,
la pura asunción.
Si fuera pecado el desafío,
pues estarías libre de culpas,
tendrías tu vuelo,
directo,
entrando al paraíso.
Pero ahí estás,
sin poder elegir más que el haber sido.
Al menos tenés la suerte de quererte,
tal como eras;
y de ser ciega,
tan, tan a oscura estás,
como para no ver que ya,
esa,
no es más que un eco,
vacío,
de lo que deberías olvidar.
Lo sé. Necesitabas el aviso,
que alguien sirviera de borrador
y te contara
que un día,
y qué día,
la impunidad de la juventud terminaría.
Te preguntás, ¿pasa justo cuando no puedo más?
Sentís los ánimos apelmazados en tu paz,
tapando los poros para inflar,
y querés que te devuelvan tu suerte.
"¿Dónde está?"
No hay respuesta que sirva.
La energía inconsciente terminó.
A tu magia le quitaron las cartas,
y eso es hoy.
Sólo resta entender
que la convivencia, ahora,
es con tus hechos pasados.
Y te dejaras admirar.
Y de dudar.
Y asumieras -y por favor asumí-
que la búsqueda esquiva es
tu condena,
la verdadera:
la tuya y la de tu paz.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
Aridez
jueves, 11 de diciembre de 2008
C.F´s Dixit
Grandes pensadoras del siglo XXI.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
A él. Momentos
jueves, 20 de noviembre de 2008
Sábana y desvelos
Escuchó que sus pasos se acercaban a la puerta. Cerró los ojos. La sábana le descubría parte de su pierna y se hamacó lentamente en un intento por cubrir su cuerpo. Los ojos le temblaron: no había signos de sueño bajo esos párpados y la luz del velador –creía ella- se lanzaba directa a la finísima ranura que distingue el gesto de quien duerme y de quien no.
Sintió la sábana levantarse al otro lado de la cama y esbozó un quejido.
- ¿Dormís?
- Mmm…
- ¿Dormís en serio?
- Mmm, ¿qué pasa, Juan?
- Que quiero hacerte el amor.
- Ay, pero no me ves que estoy durmiendo ya.
- …
- Vení, abrazame y descansemos. Dale, no empieces otra vez.
La habitación quedó completamente oscura. Laura se acostó boca arriba y con su brazo izquierdo tomó a Juan por el cuello y lo llevó sobre sí. Él dejó caer su cabeza pesada en el pecho de Laura y, a los pocos minutos, su boca liberó la contracción de las mandíbulas, sus piernas se descargaron y su cuello y muñecas perdieron por fin su rigidez.
Laura sintió latir su clítoris. Entrecruzó sus piernas y escondió los pezones endurecidos bajo las sábanas. Intentó apagar la excitación pero el sólo sonido de su respiración agitada le subió el calor del cuerpo. Ablandó las piernas, entornó los ojos y despegó los labios. Buscó saliva en sus cachetes, bajo su lengua, saboreó la acidez de la noche y cuando su boca estuvo llena de humedad, se deslizó entre las sábanas rozándose contra el colchón, bajó los calzones de Juan con sus dos manos y, sin caricias, se metió el miembro flácido en la boca.
Primero lo mojó entero y después llenó con su lengua el agujero de su virilidad, lo besó despacio, dándole pequeños mordiscos con sus labios espesos; escondida bajo la sábana, luciendo la forma de su cola parada en movimiento, consiguió la erección de Juan, que empezó a gemir.
Siguió empapándolo de saliva, agarrándolo con las dos manos, sacudiendo su cuerpo entero. Juan estaba extasiado. Sacaba la lengua como buscando una mujer en el aire, apretaba las sábanas y con sus talones apoyados en el colchón tomaba impulso para levantar la mitad de su cuerpo y bajar, levantarse y bajar, levantarse y bajar. Con destreza la primera vez, con fuerza la segunda y con brutalidad después.
Juan metió las manos debajo de las sábanas. Tomó a Laura por el pelo, la corrió de un tirón y se apretó a sí mismo con todos sus dedos, sacudiéndose como a un joystick, gritando frases ininteligibles.
Laura corrió la sábana que la cubría y vio el cuerpo desnudo de Juan excitado, masturbándose ferozmente. Sintió asco. Lo despreció con la mirada, pero él prefirió burlarse de su mujer, e imitó con su lengua el movimiento de una víbora en el aire.
- Qué mierda estás haciendo
Pero Juan no contestó.
- Juan, qué estás haciendo. Te vas a lastimar.
Él, con el cuello abarrotado, aplastado contra la almohada, gemía frases incoherentes.
- Juan, te pido por favor, me estás asustando.
- Cogeme, cogeme, nena.
- No, me da miedo, Juan.
- Cogeme, puta, subite acá y seguí cogiendome así.
- Juan…
- Dale, movete así, así, más fuerte.
- Juan…
- Dale, puta, dale…
- Juan, por Dios…
- Ah, ah, ah.
- Tengo mucho miedo, qué es lo que estás haciendo.
- Nada que no hayas querido que haga cuando te la metiste adentro de tu boca pastosa.
- No entiendo de qué me estás hablando, Juan.
- Te voy a llenar de leche la espalda, dame ese culo, nena, que te lleno toda.
- Basta, Juan, ya basta.
- Ah ah ah…
- Juan, la puta madre que te parió: despertate de una vez.
El grito de Laura por fin lo calló. Juan abrió los ojos y la miró llorar. Ella pensó en la pena que él iba a sentir cuando se enterase de lo que había pasado.
- Juan, lo que hiciste fue horrible.
Él no dijo nada y ella esperó el abrazo, que sintiera culpa. Pero Juan simplemente le dijo:
- Dormís todas las noches conmigo y todas las noches, desde hace meses, ignorás que soy un hombre -La miró con desprecio, apoyó el peso de su cuerpo sobre su hombro izquierdo, cerró los ojos y se durmió.