
Sabés, el problema es todo lo que queda adentro. No lo que salió, no lo que se dijo. Lo más doloroso es la palabra cruzada como hueso en la garganta, que no decora, raspa, que se vuelve de a ratos espina esponjosa que chupa el jugo y ni llorar podés. Es desesperación, desconsuelo, no entender. Desamor, oí decir. Y yo no sé. Es más un trueno angular del por qué. Del por qué así.
Cómo fue que no pudimos. Que no encontramos el stop si al final, se trataba de hablar, de decirlo todo, de las mil posibilidades. Decir antes de enojar. Yo podría haber entendido si me lo hubieras querido explicar, si hubieras dicho con tu gesto de siempre, si me dejabas reconocerte, si no te ibas, y tan frío que andabas. Pero ladraste fuerte, como perro, y yo me asusté primero, y después te quise atacar. O ¿a quién pensaste que ibas a morder así? Y ahora no estás y ya no estoy y cada uno de mis recuerdos me pisa el talón, me aplasta al piso. Y no puedo dejar de preguntarme por qué. Qué angustia.
¿Tantos deseos convertidos en tan poco? Tan poco, escribo en cuadernos, en escritorios, en la piel. Y me pregunto qué se hace con las ganas de girar en el mundo, de dormir juntos, de respirar amaneceres y cocinar cada día mejor, para vos; dónde guardo el desconsuelo, dónde arrojo el corazón, qué queda de este, mi cuerpo, que ni bautizado parece.
Cuánto falta para desear a otro, para no esperar más. Si no tenés que esperar nada de mí, me dijiste. Y yo, tan estúpida queriéndote en mi vida, cómo se me ocurrió.
Pero aguanté, aguanté el rechazo de un abrazo, tu boca de hiel, tus palabras que no salían y todo porque no te quería perder. Es que no podía soportar la idea de abandonar tu cama del color de la piel y te esperé, ya pasará, imaginé, mientras los días no decían lo mismo, ni tus abrazos ni tus sentencias ni tu querer.
Y lo demás, no es nada. Entre el todo y la nada hay un segundo. Admitir. Un beso que ya no es mío, un abrazo no correspondido, un buscarte en la cama y vos de espaldas a mí, con tu piel de siempre, tan distinta a la que amé. ¿Hasta cuándo se pueden cerrar los ojos sólo por permanecer?
Y lloro todo. Lloro sola. Lloro tu pena y sí te quise, siempre, como nunca, bien deberías bancarte esa verdad y unas cuantas más que esta mujer que quiso ser tuya –como si fuera posible, qué angustia- puede gritarte pero no callar. Como yo me banco ahora el no haber podido, el sentirme chiquita, austera y libre como el pingüino que es ave y no sabe volar, pero que, al menos, de pie escupe sus miserias y quiere entender para dejar de abrazar.
Por lo demás. Feliz aniversario y felices los recuerdos que viven en mí, como la historia de amor más hermosa que jamás supe vivir. Supongo que es así, que lo fantástico se termina y que después sólo queda caminar y caminar para conformarnos con lo que sea que vaya a llegar.
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