De reptente, la gente me empezó a sobrar. De simple, de clara, me pongo transparente. La culpa me ahogó esta idea durante muchos días, meses, incluso años, pero hoy, que la escribo, mirá: la gente me sobra, la gente me sobra, la gente me sobra, es como si una roca del 1800 antes de cristo se me quitara de la boca del estómago. Los vínculos me estorban, las demandas ajenas me parecen egoísmos proyectados, señales de moralinas que se me caen encima como si en verdad alguien pudiera reivindicar el buen vivir, como si existiese un obrar indicado. No comulgo. Pero la responsabilidad es mía, eh, lo sé, debería cerrar más la boca y sepultar al atrevido que se auto declama consejero, mandarlo al centro de su cerebro y preguntarle si sabe llegar. Y que me deje con mi tiempo que es mío y quiénes se creen que son los demás para agarrarme de las agujas como si fueran pestañas pendencieras; es mi tiempo, el mismo que me sobra a veces, sobre el que pienso cómo usar mientras lo uso; son mis ganas, mis no ganas y mi decidida realidad encontrada. Es, en definitiva, mi vida y no tengo ninguna gana de que me la vengan a tazar. Soy peor de lo que creí. Mucho más fría y cruel de lo que les vendí y me compré. Quiero a muchos menos de los que digo querer. Me importan tres carajos mil cosas que se supone debería valorar. No pienso ni en crecimientos profesionales, ni en vestir bien, ni en ser adulta, responsable ni en comprarme una casa. Sólo busco ser todo lo libre que pueda, andar en bicicleta y ver el mar la mayor cantidad de veces al año posible. Que se agrande el mundo universal, y se achique el personal. Eso quiero. ¿Te molesta? Resolvelo.
Hace 5 años